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Segunda vuelta

Los que me conocen saben que hay días en los que leo más de política que de medicina y que me sé más nombres de funcionarios públicos que de jugadores de algunos equipos de fútbol. Los que me conocen saben que me gusta escribir y que esta vez no escribí nada sobre la primera vuelta presidencial. Sin embargo, esta vez me parece importante explicar una postura que muchos parecen no entender, la mía, que creo comparten algunos de los que votamos por Fajardo (Y De la Calle). 

Llevamos años, A-Ñ-O-S etiquetándonos en Colombia, fuimos los criollos contra los españoles, los centralistas contra los federalistas, los godos contra los conservadores, los uribistas contra los “guerrilleros”, los de izquierda contra los “paracos”, los del SÍ vs los del NO. Y, ahora, otra vez nos vemos reducidos a la macartización absurda de los de derecha contra los de izquierda, los Uribistas contra los Petristas – Con lo triste que debe ser, ser Ivan Duque, y que nadie hable de los Duquistas – no hemos salido de ese pensamiento insulso que nos hace creer que el país se puede dividir en 2 y ya está, no hay más, no hay grises, sólo es blanco o negro y si no estás conmigo estás contra mí.

Hemos avanzado claro, ya a nadie le pegan un tiro en plena capital por gritar ¡Que viva el partido Liberal!, tal vez en parte, porque ya nadie grita vivas por el Partido Liberal. Y porque los muertos los ponen los líderes sociales en los pueblos invisibles de Colombia. El resto nos sentimos con la libertad animar a nuestro candidato, desde el frente de un computador o de la pantalla del smartphone sin miedo a que nadie nos mate.

Yo voté por Sergio Fajardo en primera vuelta, el voto siempre se escoge de forma más o menos emotiva, y con algo de sustrato en propuestas. Yo, soy un convencido, desde que tengo memoria política, de que la verdadera revolución de este país se va a dar con la Educación, que un tipo honesto y que tiene eso como bandera se lance a presidente y, casi entre a segunda vuelta me dice que tal vez, en medio de la desesperanza somos un mejor país. Ahora bien, votar por Fajardo implicaba abogar por un cambio, y desde las campañas de Duque y Petro nos dicen que ellos son el cambio (Mientras de ambos lados llamaron a Fajardo tibio, guerrillero y paraco a la vez), el error está en pensar que todos los cambios son iguales y, como le dije a alguien hace algunos días, a mí ni Petro ni Duque me representan ni representan la visión de país que quiero y no soy el único.

Iván Duque no es nadie, no tiene peso político, es un tipo que creció en una familia acomodada, que estudió lo que quiso para luego hacerse políticamente a la sombra de Mr. Santos y, finalmente, irse al BID por años, hasta que el Centro Democrático lo rescató del exilio para hacerlo senador a expensas de la Lista cerrada del uribismo, en la que millones de personas votaron por Uribe, sin conocer la cola (Y la cola fueron Cabal, José Obdulio y demás). Dicen que es buen economista, dicen que fue buen senador, dicen que va a ser presidente. Pero el tipo no, es más, que el representante de un grupo político que más allá de su propuesta económica y social, sea buena o mala, puso al país en un “estado de opinión”, donde todo el que osaba levantar una crítica contra el “presidente eterno” no era más que un alienado con las FARC, un guerrillero a efectos prácticos que, en los últimos tiempos, mutó a un enmermelado. Uribe envió al descrédito a periodistas, magistrados y senadores que se atrevieron a criticar la inconstitucionalidad de sus propuestas. El gobierno Uribe fue un gobierno del fin a costa de todos los medios, del si no estás conmigo estás contra mí, del irrespeto a la institucionalidad, de los articulitos en la Constitución, de los falsos positivos y de todo el círculo preso o destituido y los congresistas votando “antes de que los metan a la cárcel” – Claro, él dice que por persecución política – mientras Job entraba por el sótano. Y ahora, él que no es bobo y nos vendió que el único problema de Colombia era la guerrilla, se inventa el neologismo del Castrochavimo, para hacer una campaña de miedo a ser Venezuela (Un miedo insulso e imposible) y que no elijan propuestas sino redentores. El problema, como ven está en las maneras.

Gustavo Petro es un tipo muy inteligente, otro economista, que fue un brillante senador y un mal alcalde de Bogotá. Un orador fantástico y un vendedor de ilusiones, un tipo que le apuesta a ser el cambio, a derrotar a los corruptos, a partir las aguas de la historia de Colombia. Un tipo que desenmascaró al paramilitarismo y luego a su propio partido y Samuel Moreno. Un político de que se volvió alcalde de la ciudad más grande del país y, bueno, Bogotá no se acabó porque Petro fue alcalde, pero Bogotá no avanzó en mucho. La pobreza se redujo como en TODO el país, incluso a un ritmo más lento que otros territorios y se dedicó a pelear desde el balcón del Palacio de Lievano con todos bajo la lógica del perseguido: con el Presidente, con Peñalosa, con sus contradictores, con el procurador, con el contralor, con los concejales y con sus amigos y colaboradores (¿Navarro-Wolf y García-Peña les suenan?). E improvisó con las basuras, más allá de la sobreexposición mediática, improvisó con las basuras, con el SITP y con el metro a punta del discurso de las mafias y con el afán de querer probar un punto puso en riesgo económico a Bogotá (Para luego entregarle el contrato a esas mismas “mafias” con peores condiciones para la ciudad). En definitiva, el hombre llego al poder ejecutivo, pretendiendo seguir siendo la oposición de ese mismo ejecutivo.

Hay que resaltar que Petro tiene una propuesta de país llena de aciertos, que pone el dedo en la llaga de muchos de los problemas de esa Colombia olvidada por siglos, que le da un papel a esos ciudadanos eternamente marginados, y con, Petro no nos va a llevar a Venezuela, ni va a expropiar a nadie, pero tampoco le gustan las críticas. Yo puedo imaginarlo, empoderado en el ejecutivo, llamando corruptos, derechistas y opositores de la revolución social en Colombia a los congresistas y magistrados que en el sano ejercicio del equilibrio de poderes, le digan que no a algún de sus propuestas. Yo puedo imaginarlo convocando a la plaza pública cuando quiera hacer algo a las bravas, sin pasar por el congreso y desconociendo el concepto de las Cortes. Yo lo veo llamando uribistas a quienes no le parezca su visión y criticando a los medios y periodista que – aun justificadamente – lo critiquen. Yo veo HOY a muchos de sus seguidores tildando de incoherentes, de cobardes, de indiferentes, de uribistas, de paracos, de anti-patrias a todos aquellos que ni votamos por él ni saltamos a decir hoy que le vamos a dar el voto. Petro, cabalgará sobre el miedo al uribismo, la esperanza de un cambio, a las que sea, pero un cambio, para hacer una campaña de miedo y que no elijan propuestas sino redentores. El problema, como ven, está en las maneras.

Al final, en un país con 87 pueblos indígenas, casi igual número de dialectos, blancos, negros, palenqueros, mestizos y gitanos; desplazados y acomodados, mar pacífico y atlántico, nieve y selva y más de 40 millones de personas, insistimos en dividirnos y etiquetarnos en los que están conmigo y los que están contra mí y bajo ese precepto harán campaña estas dos semanas Petro y Duque. Y sea quien sea que salga elegido, la mitad del país estará inconforme, o bueno, al menos la mitad de la mitad a la que le importa quien sea el Presidente.

Entonces si usted va a votar por Duque o va a votar por Petro, no se exaspere cuando alguien le diga que no sabe qué va a hacer o que no va a votar por ninguno; porque usted no es más inteligente que el cree que la otra opción o ninguna es mejor, ni es mejor persona, ni es más colombiano, ni nada, usted tiene una posición política, en un país que afortunadamente vive en democracia, y usted encontró a alguien que lo representa. Mientras tanto un porcentaje importante de la población no cree que ninguno de los dos lo haga, así al final vaya (como yo) a terminar votando por alguno de ellos “Porque toca”.

Yo soy uno de esos que todavía no sabe que va a hacer. Entre otras porque que no sé qué hice el tapabocas o si sea capaz de cruzar los dedos y ponérmelo otra vez 4 años después, así sepa - como muchos- que hay uno por el que ni por el P****.

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